Los dos rostros de la iglesia en América Latina

Luego, casi desde el principio mismo, la iglesia latinoamericana tuvo dos rostros. El rostro dominante era el que justificaba lo que se estaba haciendo en nombre de la evangelización. En los capítulos que siguen veremos frecuentes ejemplos de la avaricia desenfrenada, la innecesaria destrucción y la simple explotación que las autoridades eclesiásticas justificaban repetidamente. Al mismo tiempo nos encontraremos con otras personas que protestaban contra la injusticia, y particularmente con la que se cometía en nombre del cristianismo. Este es el otro rostro del cristianismo latinoamericano. Aunque es cierto que por diversas razones —demográficas, políticas, económicas y religiosas— la primera colonización británica en Norteamérica por lo general tuvo lugar con menos crueldad contra la población nativa, también es cierto que siempre hubo en el catolicismo latinoamericano fuertes e insistentes voces de protesta profética que rara vez encontraron paralelo en las colonias británicas.

Como veremos, estos dos rostros del cristianismo latinoamericano han persistido a través de los siglos. Cuando las colonias españolas en América comenzaron a reclamar su independencia, la mayoría de los líderes de la iglesia institucional se opuso a ello. Hubo, sin embargo, sacerdotes tales como Hidalgo y Morelos en México, quienes participaron y hasta encabezaron el movimiento. A fines del siglo XX, cuando toda la región se vio sacudida por el conflicto entre quienes defendían el statu quo y quienes buscaban cambios radicales, la mayor parte de la jerarquía católica defendió el orden existente, pero hubo también otros quienes se volvieron proponentes de cambios radicales. Algunos lo hicieron mediante la reflexión teológica, lo cual resultó en la “teología de la liberación”, cuyo impacto se hizo sentir en todo el mundo. Otros lo hicieron mediante la denuncia, frecuentemente al costo de su vida —como fue el caso del arzobispo Oscar Romero en El Salvador.

Aun la llegada del protestantismo y el crecimiento explosivo del pentecostalismo durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI no cambiaron la situación de inmediato, puesto que también entre los protestantes —tanto pentecostales como otros— había muchos que estaban convencidos de que la lucha por la justicia social y la identidad nacional era un elemento fundamental de sus convicciones cristianas. Al mismo tiempo había otros que tomaban la postura opuesta, insistiendo en que el cristianismo no tenía relación alguna con tales luchas —y hasta en algunos casos afirmando que, puesto que su fe había venido de los Estados Unidos, debían ser fieles a las metas y propósitos establecidos por aquel país.

Luego, al estudiar la historia de la iglesia en América Latina debemos cuidar de no centrar de tal modo nuestra atención sobre uno de estos dos rostros que perdamos de vista el otro. El cristianismo latinoamericano tiene mucho de qué avergonzarse, pero también tiene buenos motivos de orgullo.

Fragmento de la Introducción, pp. 15-16.

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